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Si Andy Warhol es uno de los más claros iconos del siglo XX, lo es por su singularidad, su populismo y la pluralidad de sus actitudes lúdico-creativas. Robert Mapplethorpe (1946-1989), neoyorquino que admiró mucho a Warhol, es también un icono del siglo, pero lo es en un espacio más reducido aunque también más abismático. De hecho, representa el abismo o la postura abismática como una manera “moderna” de estar en la vida, que aún teniendo muchos antecedentes, arranca con fuerza en ciertos ámbitos neoyorquinos de los primeros setenta: atreverse a todo y explorarlo todo con el cuerpo son los ideales intelectuales y vitales de Mapplethorpe. Por supuesto, nuestro artista (que procedía de una familia católica de orígenes ingleses e irlandeses) estaba convencido de pertenecer a una tradición “maldita” que podía comenzar con Byron o Shelley y terminar – momentáneamente – con Jim Morrison, muerto joven y en extrañas circunstancias cuando Mapplethorpe comenzaba su actividad. Pero en los setenta, considerarse émulo de Rimbaud o de Morrison no era raro. Había vuelto a tomar calibre la frase, quizá de origen surrealista, que dice: “Vive deprisa, muere joven y dejarás un hermoso cadáver”. Luis Antonio de Villena sitúa los antecedentes de Mapplethorpe en el medio fotográfico y revela sus obsesiones, como su interés en el desnudo masculino con tintes sadomasoquistas, que ponen de manifiesto su faceta más provocadora.
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