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Hasta hace poco tiempo, uno de los mayores placeres que podían brindarse paseando por Madrid era caminar por la explanada que se abre entre el Patio de Armas del Palacio Real y la fachada de la catedral de la Almudena para asomarse a la verja que daba a los jardines del Campo del Moro. No es extraño que hacia el año 852 el emir de Córdoba, Muhammad I, levantara una rábida en ese emplazamiento, en la parte más sobresaliente de un altozano bordeado por barrancos que servía de defensa natural, lugar idóneo también para controlar las comunicaciones entre el norte de la meseta castellana y Toledo o Andalucía. Que la elección fue acertada lo demuestra que Madrid no cayera en manos cristianas hasta dos siglos después. Apenas se sabe nada de la fortaleza musulmana, y si conocemos algo de su historia y de la del Alcázar medieval que fue poco a poco sustituyéndola, e incluso del palacio en que acabó por convertirse en época de los Austrias y del incendio que todo lo arrasó en 1734, es gracias a algunos historiadores que han ido sumando fragmentos para construir una imagen, asimismo, fragmentada de uno de los edificios más sugestivos del pasado hispánico. El Alcázar de Madrid es una metáfora arquitectónica de la propia historia, triste, de la monarquía hispánica, o al menos eso hemos creído tradicionalmente. Otra cosa es lo que dentro se custodiaba; es ahí donde uno tiene que buscar la imagen de los reyes hispánicos. Las colecciones sí representaban una determinada imagen del poder y, por tanto, del Rey, y de hecho la historia del Alcázar es la historia del mejor arte europeo. José Riello repasa la trayectoria de esta edificación que albergó importantes obras de arte.
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