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La sutileza es el epítome del arte nipón. La elegancia es común a toda su tradición creativa –pintura, grabado, escultura, poesía, caligrafía, arreglos florales y confección de kimonos–, y nace de la fijación por el equilibrio con la naturaleza. También del peso del budismo zen, importado de China hace quince siglos. Y, sin embargo, las industrias culturales más representativas del Japón actual destilan caos y estridencia. El manga o cómic japonés es conocido por su representación extrema de las líneas de movimiento y sus personajes histriónicos. Lo mismo sucede con el “anime” (películas o series de animación) y los videojuegos. ¿Es esto realmente así? Sí y no. Existen falacias y lugares comunes acerca del folclore japonés que permanecen en nuestro imaginario, pero también una realidad, y es que Japón es aún una sociedad extraña y poco accesible. La historia de este país es una de las más peculiares del planeta, con períodos de completo aislamiento alternados por influencias extranjeras, que se asimilaban rápidamente y volvían a ser silenciadas durante siglos. La insólita realidad cultural surgida de estas tensiones es la que pretende iluminar el Forum Grimaldi de Mónaco con una exposición gigantesca que acerca los tesoros más representativos del Sol Naciente a Europa. Bajo el epígrafe “Kioto-Tokio, de los samuráis a los mangas”, ofrece una visión de la polaridad entre tradición –representada por los templos y castillos de Kioto, vieja capital– y modernidad –los neones de Shinjuku, la locura consumista de Shibuya o la tecnología y el “anime” de Akihabara en Tokio–. Rafael de las Cuevas relata la historia que encierran los tesoros del arte nipón que componen la exposición.
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