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Algo sucede en el estudio de Juan Bordes (Las Palmas de Gran Canaria, 1948) cuando el escultor apaga las luces y cierra la puerta tras de sí. El tropel de figuras humanas que habita su taller parece tomar vida, arrastrarse, retorcerse, arrodillarse, retraerse o estirarse; en definitiva, se adueña del espacio para finalmente paralizarse cuando el visitante irrumpe en el estudio del artista. Justo entonces pareces percibir cómo las figuras giran la cabeza para observarte y, producto de una extraña intuición, comienzas a sentirte parte de su particular puesta en escena. Su creador, el escultor Juan Bordes, ejerce al mismo tiempo de director y público en una representación cuyo único escenario es su taller. El artista tiene su estudio en el sótano de un edificio del madrileño barrio de Chamberí. Allí se ubica su lugar de creación y recreación. Escasos 60 metros cuadrados invadidos por la ingente cantidad de obras que ha ido acumulando a lo largo de los años y que, a primera vista, configura un ambiente inquietante, casi sobrecogedor. Paredes amarillentas cubiertas con espejos que multiplican la presencia intimidatoria de las esculturas. Suelos cubiertos de polvo, restos de materiales y herramientas diseminadas como vestigio de la lucha emprendida cada día entre el escultor y su obra. Y, finalmente, la luz artificial procedente de dos fluorescentes, que contribuye a crear la escenificación de un ambiente casi estremecedor. La atmósfera de un estudio en el que reside el alma de la escultura de Juan Bordes. María García-Abadillo visita al artista en su estudio y le entrevista sobre los principales aspectos de su obra.
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