|
Hay lugares en los que las artes parecen confabularse para que uno se sienta congraciado con el mundo y sobre todo con el ser humano, tan pródigo siempre en otros excesos y no de los mejores. Sin duda, uno de ellos es la Capilla del Rosario que Henri Matisse (1869-1954) construyó y decoró entre 1948 y 1951 en una de las múltiples laderas de Vence, un pequeño pueblo de la Riviera francesa encaramado a los llamados Alpes Marítimos. Él quería que “todos los que visiten este lugar lo abandonen felices y tranquilos” y, de esa manera, quizá la única posible, la capilla es un lugar religioso en el sentido etimológico del término: un sitio que religa, es decir que une en comunión. Años antes, en enero de 1941, Matisse fue operado de una grave afección intestinal. Durante la convalecencia conoció a Monique Bourgeois, una joven enfermera con la que volvió a coincidir a finales de 1943. Monique no sólo posó como modelo para algunos de los retratos pintados entonces por Matisse, sino que también le ayudó a pintar esos papeles que más tarde el artista recortaba y pegaba con obsesión. Al menos hasta que la joven decidió ingresar en un convento dominico. En septiembre de 1946, sin embargo, regresó a Vence y reanudó su relación con Matisse y, a comienzos de 1947, le expuso el proyecto de las monjas para construir una nueva capilla junto al Colegio de la Orden. El 4 de diciembre, Matisse mantuvo una reunión con el joven novicio Louis-Bertrand Rayssiguier y, en poco más de dos horas, establecieron las líneas maestras para la construcción de la nueva capilla. José Riello describe las principales características de la obra.
|