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Aunque
Juan Muñoz disfrutó en vida del reconocimiento de la crítica y del
mercado del arte internacionales, toda muerte prematura nos plantea,
en el momento de producirse, la incógnita sobre el futuro de aquello
que parece quedarse a medias, sin saber si lo que faltó por crear,
la obra venidera ya definitivamente truncada, nos daría nuevas
claves de conocimiento, de fruición y análisis, iluminaría con más
exactitud y pertinencia la ya conocida. Porque la desaparición no se
proyecta sólo hacia el futuro, lo que no ha podido ser, sino hacia
el pasado, lo que fue y comienza a ser de otra manera.
Toda muerte es el inicio de un tiempo nuevo en
el que la memoria magnifica, matiza o deshace la vida pasada. Los
muertos siguen vivos mientras alguien atesora su memoria, en una
especie de segunda vida ajena, perteneciente a los otros, a los
depositarios de aquello que fue compartido, pertenencia, patrimonio
común. En el caso de un artista, esas segundas vidas están envueltas
en la incertidumbre porque su construcción pertenece no sólo al
círculo íntimo de familiares y amigos, sino al vasto imaginario de
los espectadores que, ante la visión de cada una de sus obras,
construirán otra vida imaginaria, otra posible vivencia, siempre
nueva, incierta.
impacto en la tate
En agosto de 2001, cuando se produce la muerte
de Juan Muñoz, hacía apenas dos meses que se había presentado su
impresionante instalación Double Bind en la sala de Turbinas de la
Tate Modern Gallery de Londres, una instalación que nos daba una
dimensión magnificente, pero exacta, de su capacidad para crear
espacios insospechados antes para la escultura. La impresionante
arquitectura de la Turbine Hall, no era habitada, ni siquiera
ocupada, por su obra, sino literalmente reconstruida.
Una muestra antológica en Dusseldorf, que
incluye desde creaciones fechadas en sus comienzos, en 1985, hasta
sus últimos trabajos, repasa ahora la trascendencia de la obra de
Juan Muñoz. Por José Guirao.
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